La reivindicación de la violencia: Sufragio masivo, castración y la contraofensiva ideológica

El planteamiento formulado en redes por Devon Stone identifica una tensión real dentro de las democracias modernas, . Atribuir la aversión al uso de la fuerza a la influencia femenina en las urnas podría considerarse una sobresimplificación analítica. Para la tercera posición, el problema no reside en la masa votante femenina, sino en la pacificación ideológica institucional a la que ha sido sometida la ciudadanía occidental en su conjunto desde la segunda mitad del siglo XX.

La anestesia civilizatoria y el distanciamiento de la fuerza

A partir de la derrota mundial, las democracias liberales desarrollaron un marco doctrinario diseñado para ocultar el mecanismo primario que sostiene a la civilización: el ejercicio de la violencia física legítima (Weber).

Bajo la ilusión de un "fin de la historia" normativo, la población urbana moderna fue educada en la creencia dogmática de que el orden, la propiedad y la ley se conservan mediante consensos morales, diplomacia o institucionalidad abstracta. Esta castración doctrinaria generó una masa social incapaz de procesar una verdad fundamental de la ciencia política: toda norma jurídica sólo puede existir mientras haya una fuerza armada capaz de imponerla mediante el ejercicio de la coerción o mediante el uso de la violencia. En este sentido, la incapacidad del hombre occidental para entender la importancia de la violencia se ha convertido en la mejor arma en contra de su misma civilización.

La trampa del sufragio masivo sin responsabilidad de Estado

Al desvincular el derecho al voto del entendimiento real sobre la física y la naturaleza del poder, el sufragio universal masivo introduce una contradicción estructural. Una ciudadanía socializada en la aversión a la fuerza, una ciudadanía castrada utilizará su peso electoral para penalizar, desmantelar o erosionar los mecanismos punitivos y de contención violenta que el Estado requiere para mantener la soberanía territorial o el ejercicio de sus funciones más básicas.

El problema del sufragio en la modernidad no es etario ni de género; es la concesión de poder de decisión política a individuos sociológicamente castrados, incapaces de asumir las herramientas indispensables para entender que la civilización que consumen requiere sustento y ese sustento no se garantiza mediante el diálogo.

La infiltración antipunitiva y el Estado fallido

La consecuencia directa de esta castración ideológica es la hegemonía del discurso antipunitivo y los modelos de "reinserción social". Ya sea por complicidad política o incapacidad de análisis, los agentes de este discurso operan como guardianes de la decadencia de lo que queda de la civilización; aprovechan sus espacios para desplazar la violencia del Estado hacia la indefensión del ciudadano.

Al renunciar al uso de la fuerza contra los enemigos del orden, el Estado no elimina la violencia: la descentraliza. La abstención punitiva estatal se traduce en una protección directa al criminal y en la capitulación del control sobre el suelo y en el entendimiento del Movimiento, esta abstención punitiva en muchos casos se da por incomprensión de la naturaleza del Estado, aunque hay otros casos en los que ((actores)) en realidad usan este discurso para seguir empujando agendas que legitimen el desmantelamiento nacional.

El análisis del ejercicio del poder nos lleva a la conclusión inevitable de que el poder no conoce vacío. Todo ejercicio de poder o manifestación de fuerza que se ejerce con un fin y que posteriormente deja de ejercerse, se va a traducir en el desplazamiento de dicha capacidad de ejercicio de poder a otros actores. Por ejemplo, se habla de que el territorio ocupado por el crimen organizado es territorio sin ley, pero esto dista de la realidad más cruel y es que en esos territorios existe una segunda ley, la ley del actor fáctico, en este caso del crimen organizado. En otras palabras, los territorios donde el Estado Mexicano ya no existe, el crimen organizado tiene sus propias formas de administración, sus propias estructuras de recaudación, su propia política tributaria, pero sobre todo, mecanismos de resolución de conflictos. Todo esto en conjunto representa el desplazamiento de las funciones más básicas del Estado, en favor de otro actor que sí tiene la capacidad de ejercerlas solo que a nivel más local.


Reivindicar la violencia como un objetivo de la tercera posición

Es aquí donde la Tercera Posición introduce una ruptura conceptual frente al pensamiento liberal . Reivindicar la violencia no significa ensalzar la barbarie ni el caos bruto que la mentalidad burguesa teme. La violencia, desde una perspectiva de Estado realista y disciplinada, es un instrumento quirúrgico: la aplicación asimétrica, implacable y técnicamente dirigida de la fuerza para neutralizar a los agentes que atentan contra la supervivencia de la comunidad. Como bien sintetizó Robert A. Heinlein en Starship Troopers:

"La violencia, la fuerza bruta, ha arreglado más conflictos en la historia que cualquier otro factor, y la opinión contraria es la peor de las falacias. Los hombres que lo olvidan siempre lo pagan con sus vidas y su libertad. La violencia es la autoridad suprema de la cual toda otra autoridad emana."-Heinlein, R., Starship Troopers, 1959.

Cuando se le prohibe a un niño salir al recreo, de alguna forma se está ejerciendo violencia. Cuando se detiene a un criminal, se está ejerciendo violencia. Cuando un padre disciplina a su hijo, se está ejerciendo violencia y esa realidad es lo que finalmente nos permite presentar un combate doctrinario a las falacias e ilusiones pacifistas que los incompetentes justifican y que los cómplices del crimen organizado utilizan para blanquear la indiferencia del gobierno frente a la inseguridad que amenaza a la nación.

La parte más fundamental de nuestra contraofensiva ideológica radica en fracturar las barreras mentales e inhibiciones morales que la modernidad liberal implantó en el individuo. Hay que desmantelar la ficción pedagógica que le hace creer que la ley, la propiedad y la paz son abstracciones auto-sostenibles.

El querido y apreciado lector (gracias por darnos like, seguirnos y suscribirse al movimiento) que ya empezó a escuchar el debate de la disidencia, es el único capaz de comprender la ecuación elemental del poder:

  • Toda autoridad emana en última instancia de la capacidad de ejercer violencia.

  • El Estado existe únicamente mientras mantiene el monopolio y la disposición real de usar esa violencia.

  • La abstención estatal del uso de la fuerza no genera paz; genera la descentralización de la violencia en manos del crimen.

La verdadera crueldad no es el ejercicio quirúrgico y punitivo de la fuerza por parte del Estado, sino la parálisis moral de una institucionalidad castrada que condena a la población al sometimiento. Entender la violencia no como un "mal necesario", sino como la masa madre del orden y la libertad civil, es el primer paso para restituir la función histórica del Estado.

Repensar el Estado y el llamado a la contraofensiva ideológica

Es urgente repensar la función del Estado y despojarlo de una vez por todas del ropaje sentimental con el que lo ha paralizado la democracia liberal, así como estos ((humanistas infiltrados)). El Estado no es una entidad de benevolencia ni una mesa de arbitraje infinito; es la estructura soberana encargada de garantizar el orden primario mediante el monopolio efectivo y la disposición irrestricta de la fuerza.

Nuestra tarea fundamental no es amoldarnos al debate permitido, sino romper deliberadamente la frontera mental impuesta por los falsos disidentes y los guardianes del sistema. Estos agentes, colocados para patrullar los márgenes del descontento, pretenden marcar hasta dónde es legítimo cuestionar, impidiendo que la masa electoral comprenda la verdadera física del poder.

Cuando el Estado se niega a ejercer la violencia necesaria para proteger su suelo y a sus ciudadanos, no está siendo "humanitario": está incurriendo en una complicidad tácita o consolidándose como un Estado fallido.

Difundir esta realidad sin concesiones consiste en el montaje de nuestra contraofensiva ideológica. Ese es el deber prioritario de un tercerposicionista convencido. Quienes hayan entendido la lógica detrás del poder real (el orden civilizatorio descansa sobre la violencia y el sufragio masivo sin conciencia de la física del poder conduce de forma inevitable al caos protegido por el propio aparato estatal) deben irse con la claridad absoluta de la relación indisoluble entre violencia, Estado y civilización. Solo una base partidista alfabetizada en la verdadera mecánica del poder podrá desarticular las ficciones del régimen liberal, derribar las barreras impuestas a la disidencia, demandar verdadero orden y recuperar una nación donde el Estado vuelva a ejercer la función real para la que fue concebido.

-La Administración

Siguiente
Siguiente

🧬 El Caso de los Embriones en Chipre: Biotecnología, Vacíos Legales y Silencios Mediáticos